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Es habitual ver en consulta el siguiente patrón. Llega una persona con un dolor lumbar que arrastra desde hace meses, a veces años. Tiene pruebas de imagen. Resonancia que muestra protrusiones leves o, directamente, una columna sin hallazgos relevantes. Ha pasado por fisioterapia, donde mejoró un tiempo. Ha hecho pilates. Ha probado infiltraciones, que aliviaron unas semanas. Y el dolor sigue volviendo.

La frase que suelo oír en la primera sesión es siempre alguna versión de la misma. «No entiendo qué me pasa. No me he caído. No he hecho ningún esfuerzo grande. Y este dolor no se va.»

Le creo. No se ha caído. No ha hecho ningún esfuerzo grande.

Pero su cuerpo está sosteniendo algo. Casi siempre, está sosteniendo algo.

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## Lo que la columna lumbar realmente carga

La columna lumbar tiene una función biomecánica clara. Soporta peso. Distribuye carga. Permite movimiento. Esa es la versión del manual. Y es verdad.

Pero la columna lumbar tiene también, y esto los profesionales que llevamos años trabajando con cuerpos lo vemos a diario, una función que no aparece en los manuales de anatomía pero sí en la observación clínica repetida. La columna lumbar es la zona donde se acumulan las cargas que no se han podido descargar por otra vía. Las preocupaciones que se llevan años. La responsabilidad sobrevenida que la persona aceptó sin haber pedido. La rabia que no se podía expresar. El cansancio existencial que no se ha permitido descansar de verdad.

No es metáfora. Es fisiología. Cuando el sistema nervioso autónomo se mantiene en alerta sostenida durante años, se produce hipertonía mantenida en cadenas musculares concretas. La cadena posterior, que recorre desde la nuca hasta los talones pasando por la zona lumbar, es una de las más sensibles a esa modulación autonómica.

Y cuando la cadena posterior está hipertónica durante mucho tiempo, la zona lumbar paga el precio. No porque haya una lesión. Porque hay una tensión sostenida que no se afloja ni de noche.

Pablo Saz, médico naturista con larga trayectoria en el ámbito de la medicina integrativa española, ha insistido durante años en algo que conviene recoger aquí. La separación entre lo orgánico y lo funcional, en términos clínicos, es bastante más borrosa de lo que la medicina convencional admite. Hay procesos que funcionalmente son tan reales como una lesión estructural y que, sin embargo, no aparecen en las pruebas de imagen porque no son lesión: son disregulación.

Eso es, en muchos casos, la lumbalgia crónica sin hallazgos.

## El patrón típico que se ve en consulta

Voy a describir el patrón sin individualizarlo. No es una persona concreta. Es lo que se ve, repetido, año tras año.

La persona suele ser un adulto entre los treinta y cinco y los cincuenta y cinco. Casi siempre con mucha responsabilidad encima. Trabajos exigentes. Cuidado de hijos pequeños o de padres mayores. A veces las dos cosas a la vez. Una vida que, vista desde fuera, se sostiene. Pero vista desde dentro, se sostiene apretando.

El dolor lumbar aparece, casi siempre, en un momento de transición. Después de un cambio de trabajo. Después del nacimiento del segundo hijo. Después de que un padre enferme. Después de una ruptura. No siempre el momento es dramático: a veces es una acumulación lenta de cosas pequeñas que llegaron a sobrepasar la capacidad de procesar.

Y una vez aparece, no se va. La persona prueba todo lo razonable: reposo, antiinflamatorios, fisio, cambio de colchón. Mejora a ratos. Vuelve.

Cuando llega a consulta, normalmente lleva meses o años así. Y lo primero que hace, si la conversación se lo permite, es soltar otra cosa. «No sé si tiene que ver, pero llevo un tiempo regular de ánimo.» O «estoy durmiendo fatal.» O «siento que no puedo más y no sé por qué.»

Sí tiene que ver. Casi siempre tiene que ver.

## Por qué la fisioterapia sola, en estos casos, no resuelve

Esto no es una crítica a la fisioterapia. Es una observación sobre los límites de cualquier abordaje fragmentario.

Cuando la lumbalgia tiene base autonómica y emocional, el trabajo manual sobre la zona alivia. Reduce la hipertonía local. Mejora la movilidad. Da unas semanas de respiro. Y luego vuelve a apretar, porque la causa de la hipertonía no estaba en el músculo: estaba en el sistema nervioso que ese músculo obedece.

Si no se trabaja a la persona en su conjunto, lo que se está haciendo es soltar una y otra vez una zona que, una y otra vez, vuelve a contraerse, fiel a un patrón emocional que no se ha tocado.

Por eso, en mi consulta, no separo el trabajo manual del trabajo con lo emocional. Cuando trabajo la zona lumbar con técnicas manuales, suele aflorar contenido. A veces es un suspiro hondo, sin más. A veces es un llanto que la persona no esperaba. A veces es una frase: «estoy agotado». «No puedo seguir aguantándolo todo». «Echo de menos a alguien».

Cuando aparece, no se aparta. Se sostiene. Se le da espacio. Y mientras la persona deja salir lo que estaba dentro, las manos siguen trabajando la zona, esta vez con un cuerpo que, por fin, se está dejando hacer.

El alivio que se produce así no es el mismo que el alivio mecánico. Es más profundo. Y es más estable.

## La pregunta que conviene hacerse

Si llevas un dolor lumbar que no se va, hay una pregunta que conviene hacerse antes de seguir buscando explicaciones estructurales.

¿Qué cargo, en esta etapa de mi vida, que me está costando más de lo que admito?

No es una pregunta de coaching motivacional. Es una pregunta clínica. Si la respuesta es algo concreto, una situación familiar, una sobrecarga laboral, una relación que se ha vuelto agotadora, un duelo que llevo aplazando, entonces el dolor lumbar puede estar señalando precisamente eso.

Eso no quiere decir que solo con responder a la pregunta se vaya el dolor. No funciona así. Pero sí orienta el enfoque. Si lo que sostiene el dolor es una carga vital que el cuerpo está expresando, ningún trabajo manual sin atender la carga va a terminar de resolverlo.

## Lo que sí funciona

He visto procesos donde, integrando trabajo manual con trabajo emocional, una lumbalgia crónica de años se resuelve en pocos meses. He visto otros donde la mejoría llega más lenta y más parcial. Y he visto algunos donde, por mucho que se trabaje, la situación vital de la persona no permite que el cuerpo afloje, porque la carga real sigue ahí, y entonces el trabajo terapéutico llega solo hasta donde puede llegar.

Lo digo para no vender lo que no se puede vender. La integración de enfoques mejora resultados. No los garantiza.

Lo que sí garantiza es una mirada que respeta a la persona como conjunto, en lugar de tratarla como una columna lumbar que casualmente lleva un nombre y un apellido.

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## Lo que el dolor está diciendo, casi siempre

Cuando llevas años viendo este patrón, no en un caso, en muchos, terminas notando algo. Lo que el dolor lumbar suele estar contando, debajo del síntoma, encaja casi siempre con una de las cinco escenas. Las heridas de la infancia, esas que se instalan antes de los siete años y que siguen modulando la edad adulta, dejan en el cuerpo huellas concretas. La zona lumbar guarda especialmente bien dos de ellas: la herida de injusticia y la herida de humillación. Las dos cargan. Las dos aprenden a aguantar de niño lo que no se ha podido protestar.

Después de muchas sesiones me planteé si valía la pena ponerlo por escrito.

Lo escribí. Salió el 28 de mayo.

## Desmontando a Cupido

Es la primera entrega de la Serie Emociones. Recorre las cinco heridas y describe, capítulo a capítulo, cómo cada una deja huella en el cuerpo, en las relaciones y en la forma de habitarse. Si llevas un dolor que no se va y sospechas que debajo hay algo más que mecánica, el libro puede ofrecerte un primer mapa.

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*Aviso de alcance: la consulta no sustituye atención médica urgente, diagnóstico sanitario ni tratamientos prescritos. Acompaña procesos físicos, emocionales y funcionales desde una mirada integrativa y complementaria.*

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